Aquel 11 de septiembre… mi perro, salvó mi vida

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Algo más de una hora le tomó a Omar Eduardo Rivera bajar las escaleras desde el piso 71 de una de las Torres Gemelas de Nueva York y ganar la calle.

No lo hizo solo. Ese martes, como en tantas otras ocasiones desde que perdió la visión hace quince años, este ingeniero colombiano confió en laincondicional ayuda de “Salty”, un labrador retriever dorado. Pero esta vez fue diferente: la presencia del perro fue decisiva para que Rivera no perdiera la vida.

“Me sorprendí cerca de las 8.44 de la mañana cuando escuché a alguien gritar: ”¿Qué rayos hace este avión acá?” Pero un poco más tarde hubo un impacto brutal, un ruido tan gigantesco y estruendoso que parecía sonar al lado de mi oído. Enseguida el edificio comenzó a estremecerse”, contó este sobreviviente del atentado terrorista más cruel de la historia de Estados Unidos.

El hombre, ciego, de 44 años, estaba en las oficinas del Departamento Tecnológico de Servicios de Información de la Autoridad de Puertos de Nueva York, donde trabajaba como empleado, ubicadas en el ala norte de las Twin Towers.

Ese martes, Omar Rivera llegó temprano para entregar unos documentos en una junta de trabajo. Así relató lo que vivió este bogotano: “Cuando escuché el fuerte impacto, me quedé pensando qué era lo que debía hacer y tomé la decisión de que lo mejor era evacuar”, le dijo al canal colombiano de televisión Caracol.

“Salty”, el lazarillo que lo guía para caminar, estaba al lado de su escritorio. El perro se levantó y salió muy nervioso fuera de la oficina. Lo que se escuchaba era el ruido que hacían los pedazos de vidrio que estaban cayendo.

“Por la insistencia del perro algo me dijo que era el momento de irme. Metí entonces su cabeza en la manija de la guía, que es el rito que tenemos para que comience a conducirme, e iniciamos la marcha”, señaló el colombiano que, calcula, estuvo seis pisos abajo del lugar en el que impactó uno de los aviones que colapsó con los emblemáticos edificios de acero.

La evacuación se hizo por las escaleras de emergencia y llevó cerca de una hora y quince minutos. “Tuvimos muchas dificultades y había mucha confusión. Arriba había mucho humo y olor a gasolina. Algunas personas trataban de agarrar el primer lugar para evacuar. Había mucho pánico. Pero en realidad yo considero que todos estuvieron muy prudentes”, añadió.

Al salir de la torre, recuerda Omar Eduardo Rivera, el edificio número dos, en la parte sur, empezó a desmoronarse. Y había gente pidiendo auxilio. “Se escuchaban el estrépito de las paredes quebrándose y los gritos de la gente”, evoca. “Y, justo cuando salimos, los 110 pisos se desplomaron como un castillo de naipes”.
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“Yo sabía en mi corazón que ese edificio se iba a caer y que todo era cuestión de tiempo. Solamente le pedía a Dios que me sacara de ese lugar. En ese momento todo era confusión. Pensaba en mi esposa, en mis hijas, en mi madre y solamente rezaba para que Dios me diera el privilegio de seguir vivo”.

Desde ese “techo del mundo” que eran las torres del World Trade Center , descendieron junto al ingeniero colombiano, su jefa inmediata, Danna Enrigt y la gerente general de la compañía, que lo llevaba del hombro. En el piso 64 o 65, Enrigt intentó quitarle la correa a “Salty” para agilizar el paso, pero el labrador se negó a seguir sin ella y Rivera tuvo que calmarlo.

Cuando salieron del edificio, Rivera y “Salty” empezaron a correr. Atravesaron varias manzanas hasta poder subir al subterráneo. “La angustia era monumental”, dice con lágrimas en los ojos. El metro los transportó hasta la estación Pelham y después llegaron a Mont Vernon, donde los esperaban Sonia, la esposa de Rivera, y sus hijas Elizeth, Andrea y Erika, de 21, 17 y ocho años.

Graduado en la Escuela Colombiana de Ingeniería, Rivera decidió irse de su país para vivir en la ciudad en la que residía su madre, en 1985. Ya tenía problemas en sus ojos por una operación que se había hecho para curar la miopía. Un año más tarde, a poco de llegar a Nueva York, perdió completamente la vista. Pero enfrentó su discapacidad con gran esfuerzo, aprendió el idioma inglés y en 1988 comenzó a trabajar en las torres.
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“Los simulacros de evacuación que se hacían desde el atentado del año 93 en las Gemelas dieron sus resultados”, expresó el hombre, acompañado por su fiel labrador. Su testimonio, difundido por toda la prensa colombiana, puso en primer plano las bondades de “Salty”, ejemplar de una raza capaz de dar la vida por su amo.

Después del atentado del 11 de Septiembre del 2001, Omar decidió retirar a Salty y dejarlo descansar y disfrutar la vida a su lado relajadamente. Desafortunadamente, en el año 2008, Salty falleció, dejando todo un legado de amistad y lealtad incondicional.

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